Además del conocido anfibio de color negro con manchas amarillentas, la salamandra también es un famoso espíritu de fuego, cuya existencia está de sobra documentada. Los antiguos filósofos griegos dividieron la materia en cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego, a cada uno se le asignó un espíritu. Esta original idea sería retomada posteriormente por el médico renacentista Paracelso, quien le dio un matiz esotérico gracias a la alquimia y estableció la calificación de los seres elementales en silfos, nereidas, gnomos y salamandras, señalando a las últimas como nacidas del fuego. Pero Plinio el Viejo ya las había descrito como criaturas capaces de habitar en este elemento, y de incluso apagarlo, de tan fríos como están sus cuerpos.
Da Vinci y San Agustín opinaban que los seres vivos podían habitar el fuego e incluso que se podían alimentar de el. En cuanto a Marco Polo, pensaba que la salamandra no era un animal sino una sustancia, y esta creencia le venía del comercio y de la propia experiencia, pues él mismo traficó con telas incombustibles que sólo podían ser lavadas con fuegos. En el siglo XII no existió la menor duda, ya que las señoras vestían trajes fabricados con este material, devanado de los capullos que dejaban en el fuego las propias salamandras.Con el paso del tiempo, la creencia en estas criaturas pasó al folclore y comenzó a relacionárselas con las hadas y el mundo feérico. En este sentido, son las más antiguas y respetadas de todas las hadas, pues ya estaban en el origen del universo y eran veneradas por los propios dioses. Desde que el titán Prometeo le entregó el fuego a los seres humanos, las relaciones entre éstos y las salamandras no han sido fáciles, y por eso se dice que muy pocos han tenido el privilegio de verlas en alguna ocasión.
El célebre escultor y grabador florentino del Renacimiento Benvenuto Cellini en su infancia vió un animalito parecido a una lagartija jugando alegremente en el fuego, y esa imagen se le había quedado grabada para siempre en la memoria