Corría por salvar mi cordura, mi alma, y parte del poco valor que aún me quedaba. No sabía que era aquello salvaje que me perseguía pero si de algo estaba seguro es que no eran buenas sus intenciones. El sudor frío caía por mis sienes, sentía los quejidos de todos mis músculos, el corazón deseaba salir por mi boca, y mis pies comenzaban a fallar.
No sé que fue lo que pisé pero pronto me dí de bruces contra aquel frío asfalto. Sentí el férreo sabor de la sangre en la boca, me incorporé lentamente y me acaricié el rostro con suavidad. Aquel dolor que sentía era bastante intenso y la escasez de mis fuerzas no me ayudaban a combatirlo. Entre los coches vi una silueta moverse velozmente, y recordé el motivo de mi carrera. Debía salvarme de alguna manera.
De mi pantalón saqué una pequeña navaja que siempre llevaba conmigo. Tomé aliento, me levanté y continué corriendo por mi vida. No recuerdo con exactitud cuantos coches tuve que esquivar para evitar un atropello, o cuantos insultos recibí mientras huía, pero aquellas cosas carecían de importancia porque estaba seguro de que mi vida dependía de aquello de lo que huía.
Mientras corría pensaba todas las posibles que salidas que aquella gran ciudad me ofrecía para poder salvarme, y de todas, correr a la playa era la que mi intuición me obligaba a escoger. Intenté ubicarme en alguna calle, y pude observar que me quedaba mucho camino para llegar al mar. Suspiré, y mientras tomaba aliento comenzó a llover con bastante intensidad. Recuerdo que en ese momento pensé "genial, al menos así, si me atrapa...moriré limpio".
De pronto lo sentí en la espalda, y me giré lo más rápidamente posible. Pero solo pude ver la silueta de aquello. Humano, era humano y de al menos mi propia estatura. Miré a los alrededores del sitio, estaba cansado de correr, pero no me quedaba otra. Si algo me decía que la playa era la solución debía ir a aquel lugar.
Llegué totalmente mojado a aquella playa, tropecé más de una ocasión sobre la arena mojada, y el cansancio podía conmigo. Suspiré y me dejé caer de rodillas en aquel arenoso lugar.
Tronó, y la lluvia comenzó a amainar. El mar estaba en total calma, y la luna brillaba con mayor fuerza. Sentía como el lamento de mi alma disminuía con cada gota, la ira desaparecía con cada trueno que brillaba y sentía, que el suelo arenoso se volvía firme y sólido.
Sin más apareció frente a mí aquella silueta que me perseguía, pero aunque la luna brillaba con fuerza no era capaz de reconocer su rostro. Volvió a tronar, y el trueno iluminó la silueta pudiendo apreciar los detalles de aquella persona.
Llevaba una máscara, con una sonrisa dibujada en ella, me recordaba mucho a aquellas máscaras venecianas de las cuales los arlequines solían hacer uso con frecuencia. Vestía ropa normales, un poco anchas y de sus mangas colgaban numerosos cascabeles, sus zapatos eran grandes, acabados en una punta con un cascabel coronándolos.
Le oí reír, de una forma macabra y siniestra, haciendo que cada vello de mi cuerpo se erizara. Solo limitaba a reír.
Los minutos pasaban pero él no hacía otro movimiento. Los truenos cesaron, la lluvia había desparecido y en mi cuerpo existía una extraña paz, pese a la situación que vivía. Me incorporé, y me quedé frente a él.
Comenzó a imitar mis movimientos, seguía riendo pero con exactitud hacía los mismos. Intenté iniciar una conversación, pero lo único que salía de aquella máscara era aquel tétrico sonido.
Me acerqué, y él se acercó. Nos quedamos en frente al otro, pude darme cuenta de que medía exactamente lo mismo que yo, y que su propia complexión era la mía. Pronto, se me ocurrió levantar aquella máscara y mientras yo me acercaba a ella con mi mano, él se acercaba a mi cara con la suya. Toqué la máscara y sentí un fuerte ardor en los dedos, al igual que él cuando tocó mi rostro. Agarré la base de la misma, y tiré con fuerza.
Me retorcí de dolor, tuve la sensación de que me habían arrancado la piel que cubría mi cara. El también se retorcía de la misma forma que yo hasta que pude ver su rostro. Bueno, realmente lo que estaba viendo era mi rostro. Pero aquel rostro mostraba todo cuando tenía dentro unas horas antes, veía aquellos ojos sin luz que portaba, aquella sonrisa, falsa que me dedicaba a mostrar, aquellos oídos cansados de escuchar, aquellas palabras que estaban dentro de mí y que yo disimulaba con la risa.
Toqué aquel rostro pálido y el tocó el mío una vez más. Ya no había dolor, solo paz aquella paz que el mar me transmitía. Respiré hondo y clavé mi navaja en su pecho.
Y así se esfumó, sin más, la pena había sido ahogada en aquella playa.