Los días pesaban y mi recaída era inminente. Con el último viaje me arriesgaba a volver al inicio pero como siempre hice seguí los latidos de mi corazón. Pasamos unos días increíblemente maravillosos y después de eso todo volvió a la normalidad. Se volvió una droga, una droga que durante 120 horas había sido mi dosis seguida y que de repente el camello no volvió a darme ni el más mínimo gramo. El mono cada día era mayor, y el camello solo aparecía puntualmente para darme ni la mitad de lo que me dió durante esos cinco días en su presencia. Las dosis eran escasas y la necesidad aumentaba considerablemente. Durante mucho tiempo había sido un yonkie, mi droga no era ni la marihuana, ni el éxtasis, o el LSD... mi droga tenía nombres, apellidos, tenía una vida, un cuerpo, un alma y algo más en él. El mismo sentimiento que yo sentía por él.
No se debe necesitar a nadie, es más, el camino que siempre recorremos lo hacemos solos, quizás acompañados en algunas ocasiones, pero siempre es solo. Muchas personas llegan a nuestras vidas para cambiarnos, y luego marcharse, otras simplemente pasan sin dejar la menor huella en nuestro corazón, pero escasamente, aparecen personas que aunque tú no quieras seguirán ahí... contigo, en el camino durante mucho tiempo.
Y no físicamente, que ojalá fuera así, estarán dentro de tu pecho en un pequeño refugio que tú mismo has hecho para ellos, y en ellos se le asignarán recuerdos específicos como timbre de entrada. Quizás sea un aroma el que vuelva a tocar esa puerta, un sonido específico, una imagen o unas letras que se claven en tu retina. Es entonces, cuando abrirá la puerta de esos recuerdos, el hogar de esa persona y la nostalgia se apoderará de ti. Automáticamente todos los buenos momentos llegarán a tu memoria, sonreirás dulcemente, luego pasará a ser una sonrisa amarga, para luego asumir que aquello terminó y no volverá a pasar.
En todo este proceso, tus emociones lucharán. Pena, felicidad, ira, calma tomarán parte de este combate y una saldrá victoriosa, pero las otras obtendrán la experiencia de la lucha. De esta forma, serás fuerte y en el siguiente combate habrá otras posibilidades.
La cuestión es que el combate estaba en mí durante esos días, y durante este enfrentamiento de titanes la apatía reinaba en mi vida. Días y días pasaban en los que lo único que sentía era el roce frío de las espadas metálicas de cada una de las emociones. Hasta que tristeza, por fin, dió el golpe de gracia.
El vacío llegó rápido, la gravedad pareció aumentar y mi cuerpo solo quería caer. El mono de él volvía a ser lo suficientemente grande como para quebrar de una vez mi mundo, y no solo eso, daba la sensación que había vuelto al inicio del camino que había recorrido en el último año.
Y todo dejó de tener sentido, las lágrimas y los sollozos tomaron el control durante largas horas de soledad. La desesperación se apoderó de mi alma y los ruegos volvieron a hacer acto de presencia. Lo necesitaba, ahí conmigo. Mi fé se quebraba, mi esperanza moría a manos de un salvaje asesino, quien era se apagaba y mi propia fuerza me abandonaba. De esta forma, las horas pasaron y un día más se apagaba.
El mundo de los sueños es, sin duda, el mejor lugar donde obtener un poco de placebo. Es el único lugar donde podemos bajar la dosis del mono que sentimos. Podemos verlo, tenerlo, sentirlo, e incluso, si es lo suficientemente lúcido, olerlo. Lo sentí conmigo, incluso estando con mis amigas.
El sueño trascurría normal, paseaba y encontraba una especie de cloaca donde accedí a través de una escalera metálica. En medio de la oscuridad, pude encontrar dedales de oro y presa de mi codicia (y necesidad) cogí aquel tesoro. Mi sorpresa llegó cuando sus protectores, una especie de mafia comenzó a perseguirme. Fue entonces cuando me topé con mis amigas y huíamos de ellos en un coche. Me medio de dicha persecución la policía entró en escena y nos paró. Fue en ese mismo momento cuando sonó mi móvil, tu voz sonaba dulce, tranquila. Solo dijiste:-"Ábreme". Y yo pregunté:"¿Qué? ¿Dónde estás?. Contestaste: "En la puerta de tu casa". Y fue entonces cuando el pánico me asaltó y me apuré:"No estoy en casa, pero ya mismo voy, no te vayas por favor", y desperté.
El día continuó normal, mi ánimo seguía en suelo, tristeza aún imperaba pero algo en mí sabía que ese mismo día pasaría algo. Intenté dormir, y fue entonces cuando todo pasó. Sonó la puerta, y como siempre me levanté a abrirla sin ánimo alguno. Y como siempre, tu recuerdo vino a mi mente y pensé "Ojalá sea él", pero automáticamente la realidad dominó y esa idea se esfumó. Pero, por una vez, la realidad murió y el sueño tomó presencia. Estaba ahí, sonriendo.
Fue un choque verlo, todo mi sistema recibió un fuerte impacto y mi cara fue reflejo de ello. Tardé unos instantes en reaccionar, pero enseguida corrí a abrazarlo y como siempre, mis lágrimas acompañaron ese abrazo. Estaba ahí, en mis brazos después del día de ayer. Renovaba mis fuerzas, mi fé...
Me dió el mayor regalo, me dió la fuerza de nuevo para poder llegar a él. Por mucho que se empeñen, esta historia no puede terminar de ninguna manera que no sea a su lado. Estoy convencido.
Jamás pude creerlo, apareciste de sorpresa. Estaba ahí, frente a mí. Sus brazos y sus labios me arroparon durante unas horas. Las suficientes para seguir adelante en el camino que yo estaba renunciando.
De una forma u otra, volvió a abrir una puerta en mí. Esa puerta era la correcta, la puerta hacia él.