Los milagros solo ocurren si crees en ellos - Paulo Coelho

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Guerrera de la luna

 El ruido de sus pasos era lo único que se escuchaba en aquellas calles de Toledo. La luna aquella noche estaba llena y iluminaba el camino permitiéndole ir sin ninguna otra luz. Diana, ese era su nombre, y el encargo de aquella noche era algo fuera de lo común, era invocar a la mísmisima Madre. Vestía una gran toga con capucha que estaba bordada con hilos rúnicos que la volvían más rígida que una cota de malla y  era adornada con runas que le otorgaban protección y buena suerte, y en su cintura colgaba una hoz encantada que utilizaba como arma en última instancia.
 En unos minutos llegó al lugar apropiado, comprobó que nadie la había seguido y entró en aquella casa que había sido elegida. Con calma subió las escaleras y accedió a una gran habitación que estaba completamente vacía. Comenzó a preparar todo para el ritual, colocó las velas en de forma que hiciera un pentáculo, y trazó con una mezcla de hierbas unas líneas que le dieron forma a aquella figura. Chascó los dedos y las velas se encendieron llenando el lugar con una fragancia dulce. Caminó hacia la ventana y corrió la cortina dejando que un haz de luz lunar entrase de manera que inciedese sobre el pentáculo.
 Todo estaba listo, ya era momento de despertar a la Madre. Cerró sus ojos y comenzó con sus rezos:
 Madre que nos protejes en la noche,
 madre que tu amor nos trajo al mundo,
 madre que en el agua te encontramos,
madre que de ti amamos,
 madre, señora, reina y diosa,
 responde mi llamada,
 yo tu hija te convoco,
madre que nos protejes en la noche,
madre que tu amor nos trajo al mundo,
madre que en el agua te encontramos,
madre que de ti amamos,
madre, señora, reina y diosa,
yo tu hija te convoco.
 Las velas de pronto se apagaron, y la cortina cubrió la ventana. El ambiente se cargó y la fragancia dulce se esfumó. Todo quedó a oscuras y lo único que se escuchaba era su respiración. Poco a poco, Diana se tranquilizó y esperó la aparición de la Madre. De pronto algo la golpeó en la nuca y perdió el sentido. 

-

 Se encontraba en una habitación repleta de objetos, todos ellos tirados en el suelo pero todos ellos con brillo propio. Se incorporó y observó donde se encontraba, repasó rápidamente las palabras de cada conjuro que conocía y agarró la empuñadura de su hoz. Fue entonces cuando apareció, delante suya, la Madre. Era como la describían, mirada furiosa pero serena, un largo cabello oscuro, una tez nívea y unos labios de color rojo carmesí. No vestía ropa alguna y podía ver su sexo. Allí, frente a ella, esperaba pacientemente. Diana se acercó a ella, y, sin miedo, la abrazó. Sintió como la paz la embargaba, como la ternura cerraba todas sus heridas, físicas y mentales, comenzando a llorar.
 - Madre, esta era mi prueba, conseguir llegar a ti.-sollozó Diana.
 - Y como todas las hermanas de la luna, lo has logrado. Ahora tienes mi bendición y mi marca en tu frente. Eres una guerrera que seguirá los pasos de sus hermanas. Tu primera misión como una guerrera será asesinar al regente de la ciudad. Consíguelo y serás eterna, como yo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Redención

 Se arrodilló frente al coloso. Cerró los ojos y dejó que terminase con su sufrimiento, pero por mucho que pasaran los minutos este no hacía nada. Lo miró fijamente, y observó la mirada de aquella enorme criatura, una mirada que contenía toda la magia que daba vida a aquel ser. No se movía, permanecía inmutable mirándolo como intentando mostrar alguna clase de señal.
 Pasaban los minutos y no conseguía que se moviese, se levantó y comenzó a acercarse al ser. Solo se escuchaba el tintineo de sus espadas y su pesada respiración. Fue entonces cuando todo se volvió negro.
 Cayó pesadamente al suelo y no existía ninguna luz en todo el lugar. Se levantó y pudo comprobar que el sonido tampoco existía en aquel oscuro paraje. 
-¿Qué es lo que quieres?-se escuchó
-Acaba conmigo, servirte por redención.
-¿Redención?
-Sí, por favor, termina con esto. Seré tu más fiel servidor.

martes, 18 de septiembre de 2012

Metro

 Despertó bañado en sudor, el calor en aquella ciudad era realmente agobiante. Ni siquiera el ventilador que tenía puesto al pie de su cama conseguía hacer que se sintiera más fresco. Movió la mano por la cama buscando la mesilla de noche y tocó el cuerpo de su novio, suspiró y agarró su móvil.  
 Dió un pequeño suspiro y se levantó para ducharse. Sintió como el agua caía por su cuerpo, pero también sentía que aquel momento era el único momento donde la paz le embargaba, de alguna forma u otra aquello le desconectaba del infierno que iba atravesando.
 Ya duchado comenzó a hacer el desayuno, y fue cuando volvió a recordar. La nostalgia lo invadió, recordó aquellas mañanas donde preparaba el desayuno para su otra parte después de una larga noche de caricias. Suspiró de nuevo, desayunó y salió de su casa.
 Últimamente el metro se volvía cargante, y muy pesado... sobretodo cuando aquellos recuerdos le invadían. Parecía tan lejos aquel mes de junio y sólo habían pasado tres meses de aquello. Se sentía agotado, parecía que todo le pesaba y poco a poco sentía que iba perdiendo el brillo en sus ojos. Nada le apetecía y todo era una eterna cuesta arriba.
 Nadie era consciente de lo que le devoraba por dentro, encarcelado en su realidad como un esclavo, siendo un héroe aunque nadie se diera cuenta de ello. Fue en ese momento cuando sonó su móvil.
 "Te echo de menos, al menos dime que estás bien" era lo que ponía en aquel mensaje. Aguantó la tentación para escribir, si lo hacía... condenaba a todo por lo que luchaba. Suponía renunciar a su amor pero por ser un buen hijo. Quiso contestar pero no pudo hacerlo.
 "Acabo de tatuarme aquello que te prometí, ojalá hubieras estado conmigo en ese momento, y que lo compartiéramos en nuestra piel... pero ahora puedo decirte feliz cumpleaños. Ya ves que incluso ahora, te llevo en mi propia piel" Justo con ese segundo mensaje llegó una fotografía. Tembló, incluso una lágrima le hizo estremecerse. Estaba loco, lo había hecho a pesar de todo lo que había ocurrido... quería verlo, tocarlo, quería llevarlo también, al fin y al cabo era él quien había tenido la idea. Pero, sobretodo, se dio cuenta de que hablaba enserio cuando prometió rescatarlo.
 Salió del vagón del tren y comenzó a caminar hacia de la salida del metro, fue entonces cuando se le ocurrió. Tomó una foto de su cara al lado de aquel fotomatón y la puso en su avatar.  Se notaba su cansancio, su pesar, su tristeza pero de alguna forma era la respuesta que podía dar. Una cara que reflejaba que aún esperaba ser salvado, que aquellas promesas que le hicieron seguían siendo esperanzas de que aquello pasaría.
 Esperaba que aquello fuera una respuesta. Una respuesta que reflejara que lo extrañaba, que lo esperaba y que todas las esperanzas estaban en él.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Manual

 Un guerrero de la luz nunca tiene prisa.
  El tiempo trabaja en su favor; él aprende a dominar la impaciencia y evita gestos impensados. 
 Caminando despacio, nota la firmeza de sus pasos. Sabe que participa de un momento decisivo en la historia de la humanidad, y necesita cambiarse a sí mismo antes de transformar el mundo. Por eso recuerda las palabras de Lanza del Vasto: "Una revolución necesita tiempo para instalarse."
 Un guerrero nunca coge el fruto cuando aún está verde.



Paulo Coelho
Manual del Guerrero de la Luz.