Me qitó la ropa y me penetró con fuerza, con miedo, con deseo. Sentí algo de dolor, pero eso no tenía importancia. Como tampoco tenía importancia mi placer en ese momento. Le pasaba las manos por el pelo, escuchaba sus gemidos, y daba gracias a Dios por qe él estaba allí, dentro de mí, haciéndome sentir como si fuese la primera vez.
Nos amamos toda la noche, y el amor se mezclaba con el sueño y con los sueños. Lo sentía dentro de mí, y lo abrazaba para tener la certeza de qe aqello estaba ocurriendo de verdad, para no dejar qe se fuese de repente, como los caballeros andantes qe algún día habían habitado el viejo castillo transformado en hotel. Las silenciosas paredes de piedra parecían contar historias de doncellas qe se qedaban esperando, de lágrimas derramadas, y de días interminables en la ventana, mirando el horizonte, en busca de una señal o de una esperanza.
Pero yo nunca pasaría por eso, me prometí. No lo perdería nunca. Él siempre estaría conmigo. [...]