Era un extraño en las calles de aquella ciudad pero a pesar de todo eso no dejaba que mi aventura se retrasara. Comencé a mirar las diferentes calles que había en mi alrededor y a lo lejos pude observar lo que a mis ojos era una torre de un campanario. Por una vez después de mucho tiempo me sentía feliz, completo, tenía ante mí lo desconocido y aquella forma de viajar era la que más me gustaba. Las calles de aquel casco antiguo eran muy similares y todo me recordaba a un laberinto, pero gracias a la intuición pude llegar al lugar acordado, debajo de aquel reloj.
Había conocido mucha gente en los últimos años, pero nadie, irradiaba aquella luz como aquel ser luminoso. De alguna manera sentía que aquella luz podía alejar parte de las tinieblas que me asolaban, pero sobretodo, sería mi espíritu quien gozase todo aquel ser de luz. En ocasiones, sentimos la sensación de que una persona es muy cercana a nosotros en cuestión de días, pero dentro de nosotros algo nos indica que esa relación tiene muchos años y era exactamente esa sensación la que sentí al verlo.
Estaba delante mía, con una respiración acompasada a la mía, sus ojos iluminando cada rincón de mi alma, su sonrisa alegrando cada parte de mi cuerpo, y las horas parecían no pasar. La única luz que había en aquel momento eran unos pequeños rayos de Sol que conseguían filtrarse en aquella habitación, la penumbra, era entonces, nuestra anfitriona. Las caricias venían, y no había necesidad de más, porque aquellas caricias eran tan puras como el alma de aquel ser. Caricias que cerraban viejas heridas tras su paso, demostrando que nuestro corazón puede sanar cualquier cosa que se proponga. Cada parte mía se acurrucaba en cada toque, aquello hacía que la fatiga que había sentido durante años pareciesen solo días. Aquellos gestos de cariño eran como palabras que nunca son dichas, palabras que te llevan a casa bajo sus brazos, caricias que quedaron en mi alma.
Caricias que lograban enseñar la importancia del corazón, del alma, del universo, miradas que revelaban parte del ser que todo lo conoce, silencios donde se escuchaban las palabras de los ángeles. Lograban olvidar la pena porque de alguna manera ambos aprendíamos.
Mi lección era que aún me quedaba por recorrer, mi corazón aún estaba por sanar, pero que a pesar de la fatiga podía ser capaz de enseñar lo que en algún momento había aprendido.
Su lección, a veces el universo conspiraba para que nosotros aprendiéramos las lecciones de las mejores formas, aquella, donde dos corazones hablaban sin necesidad de ninguna otra forma de contacto.