Mis ojos estaban cerrados y mi respiración era tranquila y pausada. Encendí la vela y comencé a moverla dejando que la cera cayese en el suelo dibujando un pentáculo. Repetí el proceso siete veces asegurándome que no hubiese ninguna parte abierta. Volví a coger aire y apagué la vela con mis dedos. Sentí por unos instantes el calor de la llama en mis dedos y saqué de mi faltriquera una pequeña daga de plata oxidada.
Me situé en el centro del pentáculo de tal manera que todas las líneas salieran de mi cuerpo. Me concentré y dejé que el ambiente se cargara de energía. Levanté mi mano dejando la palma mirando al cielo, y con la mano izquierda acerqué la daga a esta. Cogí aire y corté con ella. Sentí la plata fría en mi mano, pero seguí cortando para que la sangre fluyera por esa herida. Cerré mi mano, y apreté la herida dejando caer la sangre por las líneas del pentáculo.
- Bebe a través de mí ángel negro, señor lo oscuro. Príncipe del dolor y del horror. Que mi sangre sea tu sangre, que tu suerte sea mi suerte, que mi luz sea tu oscuridad, que dentro de mi pecho tu amor lata. Cuida de mí, yo tu siervo. Soy tuyo, mi alma te pertenece.
Sentí como algo aprisionaba mi pecho, poco a poco ascendía la presión situándose en mi cuello. El aire comenzó a faltar y deseé que aquello terminara de una vez. Pero no fue así, algo me lanzó fuera de la estrella, golpeándome contra la pared. Volví a abrir los ojos después del enorme estruendo del golpe y lo ví. Allí, mirándome con pena y asco. Había respondido a mi invocación, pero parecía que esta vez no tendría la suerte necesaria.
-¿Para qué me has convocado?
-Quiero formar parte de ti.
-¿Formar parte de mí? Ni siquiera tienes una luz que pueda devorar.
-¡Sí tengo!-grité.
-Me eres inservible.
-¡¡Llévate mi alma pues!!
-Tampoco es tuya, no puedo llevarla. Eres un desperdicio, ni siquiera a mí me puedes servir.
-¿Y por qué has respondido a mi invocación?
-Ver gente con dolor me divierte.