Salimos de aquel lugar donde yo me hospedaba. Mi pecho latía tan fuerte que éramos capaces de escuchar cada uno de sus latidos, por una vez, latía, con vida y con mayor fuerza que con aquel abrazo que fue el comienzo de una colisión entre nuestros mundos. Abrimos la puerta que daba al exterior, las calles de la ciudad estaban repletas de coches, y de gente que vagaba por estas, pero aún así, en ese instante estábamos él y yo, nadie más era capaz de penetrar en nuestro pequeño mundo recién fundado.
No sabíamos a donde ir, el aire fresco nos azotaba en la cara y sus ojos volvían a encontrarse con los míos, pronto, su sonrisa apareció en su semblante y mi corazón volvió a latir con mayor intensidad. Tomé aire, y comencé a caminar por aquellas desconocidas calles, no llevaba ni dos horas en aquella ciudad pero ya sabía que esa ciudad, sería para siempre un lugar especial, un lugar donde cumplir un sueño y poder reencontrarme con el amor de mi vida. Nos quedaban muchas cosas que contar, novedades que habían ocurrido mientras cada uno vivía su vida, y desgraciadamente, mi vida estaba manchada en cada lugar de su recuerdo, su sonrisa, de el amor que en mi pecho seguía latiendo con mayor fuerza.
Fue entonces cuando cogió mi mano. La sorpresa me asaltó, su ciudad, sus reglas, y aún así, a pesar de que su vida estaba en aquella ciudad, ahí estábamos él y yo, cogidos de la mano paseando por aquellas calles tan bellas. Sabía, que ese hecho, jamás iba a poder olvidarlo como cualquier otro hecho que podría ocurrir o hubiese ocurrido en las horas anteriores. Y fue cuando cogió mi mano cuando volví a sentir aquella sensación, una sensación de libertad, felicidad, un éxtasis inexplicable pero que recibía el nombre de amor, o ágape para los griegos.
Él notó mi sonrisa en su cara, pude ver como el sonreía y yo daba gracias al Universo en silencio porque aquel momento volviese a repetirse, por un día más de vida y otro más de muerte... pero eso daba igual. Estábamos esperando en un semáforo rodeados de gente, pero de la mano, pareciendo una pareja normal, una pareja que vivía en aquella preciosa ciudad, una pareja de enamorados... que de todas posibles hipótesis, esa última parte era la única cierta. Enamorados, porque para desgracia de ambos, no éramos pareja aunque ese deseo estuviera en el corazón de cada uno, él tenía su mundo en el que yo nunca sería bienvenido, otra vez.
Nos metimos en el metro, y nos pegamos a la pared del vagón. El mismo andén estaba repleto de personas, y el vagón donde nos encontrábamos más aún pero él no dejaba de coger mi mano y de darme pequeños besos que eran como una dura droga para mí.
Lo importante eran aquellos momentos, nuestro reencuentro en aquella plaza, ese abrazo, el encuentro de los cuerpos pero sobretodo el reencuentro con el amor que latía en cada uno de nosotros.