Los milagros solo ocurren si crees en ellos - Paulo Coelho

miércoles, 4 de mayo de 2011

Hombres grises

La fantasía de Michael Ende en Momo creó una de las criaturas más interesantes, turbadoras e inhumanas que haya podido imaginar el hombre, y cuyo único propósito en la vida es privarnos de uno de nuestros bienes más querido. Se trata de los hombres grises, los ladrones de tiempo. Tal como los concebió están entre nosotros, en las calles de nuestras ciudades, y nos asaltan día y noche, se introducen en nuestra conciencia y nos convencen de que no hacemos más que perder el tiempo, que muchas de nuestras actividades no son más que tonterías, que debemos ahorrar el tiempo para vivir mejor y para tener más en un futuro. Nos engañan y nos hacen firmar contratos en los que pactamos ahorrar una determinada cantidad de horas, que luego van a parar a sus cajas de ahorro de tiempo. Cuando han conseguido su propósito y comenzamos a vivir como ellos quieren, entonces se esfuman. Sin embargo, en nosotros permanece el acuerdo que firmamos en su presencia, la decisión que tomamos de ahorrar tiempo, ahora creemos nuestra.


Los hombres grises no son invisibles. Son individuos elegantes, con trajes de color gris, que llevan bombines también de este color, y un puro encendido en la boca. El color de su cara es frío y ceniciento, pues carecen de sentimientos. Llevan consigo un maletín gris y una agenda en la mano para hacer anotaciones matemáticas con los que convencen del tiempo que hemos perdido en la vida. Son culpables de las prisas, el que no demos importancia a las cosas que deben tenerlo, que no se sepa apreciar lo que no produce, de no tener ocio, de horas de reflexión, ni tiempo para hacer lo que deseamos. Ahora vestimos mejor, y cada vez ganamos más dinero, pero poco a poco nos transformamos en personas más antipáticas. Todas las horas que no vivimos se convierten en flores que son guardadas en su caja de ahorros, donde dejan que se sequen y fabrican pequeños puros que luego fuman y los mantienen vivos. Basta con quitarle el puro para que se vuelvan humo y dejen de ser.