El rumbo que seguían mis pasos era incierto, dejaba que fueran las calles las que me llamaran. Todo estaba en paz, lo único que se podía escuchar eran mis pasos, pero dentro de mí cielo e infierno combatían con todas las jerarquías celestiales y demoníacas. Una lucha que nunca era ganada por la corte celeste.
Pero, aunque dicha confrontación ocurría dentro de mí, en mi pecho seguía latiendo con cuidado el corazón. Protegiendo en una burbuja tu imagen, guardándola dentro de la cámara más preciada de la fortaleza que era bombardeada por demonios cargados de espadas, lanzas y ballestas. Mis defensores, guiados por la esperanza encarnada combatían ferozmente contra ellos, esquivando disparos directos a las alas, estocadas mortales y evitando ser ensartados por las lanzas malditas.
Ningún bando decidía nada, y yo simplemente podía ser un espectador.