Estaba en el escritorio escribiendo como cada noche y mi insomnio cada vez se volvía más crónico. Como siempre la temática de mis escritos era la misma, un tema que tenía nombre y apellidos.
Aunque mi cuerpo gritaba el poder descansar mi cabeza se negaba a darle posible asilo, sentía los dedos entumecidos, la luz me dañaba la vista, la espalda pedía un reposo sobre el colchón, pero aún así, se negaba a dejarme conciliar sueño la voz que vivía dentro de mí, mi alter ego.
No pude más y mi cuerpo cayó rendido. Pero, sólo fueron dos minutos de sueño. Cuando abrí los ojos pude verlo, lo juro, estaba ahí, mirándome, sentado de la misma manera que la última vez se sentó en la misma parte de mi cama.
Sonreías, y fue entonces cuando supe que la cordura ya me había abandonado.